Isis, nuestra prima.

 


Hola, soy Isis, una gata gris con un corazón multicolor. Vivo en Córdoba. Sería algo así como prima de Vera, Gina y Chuela Chela Valentina.

Vivo en una casa que tiene jardín y patio. Cuando el humano con el que vivo se va a trabajar, yo me quedo en el jardín tomando el sol de la mañana. Como pastito, juego con las mariposas —con las abejas no, porque pican—.

También veo cuando pasa el humano que vende huevos y los vecinos salen a comprar. Veo a los perros que pasan por la vereda. Yo los miro detrás de la reja de seguridad que tiene el jardín. Si la cosa se pone fea, por las dudas me subo al techo del auto que está en el garaje y desde ahí observo todo.

Hay una vecina que barre su vereda y también la de nuestra casa. Junta las hojas y las mete en una bolsa. Es una buena vecina.

Antes pasaba el humano que dejaba el diario, pero ya no lo hace más.

No les conté: yo vivía con dos humanos, pero el más grande se enfermó y se fue al cielo.

Él todas las mañanas me abría la ventana. Cuando hacía arroz con atún, me daba a mí el atún que quedaba en la lata. Era un momento muy especial. Me encantaba.

Él ahora está bien. Lo extrañamos, pero está bien.

Cuando el sol se pone intenso me voy a la sombra que da el cactus. Ahí corre un aire fresquito. Y si hace más calor —o más frío, cuando es invierno— uso la entrada secreta a la casa. Una entrada que solo yo conozco y puedo usar cuando el humano no está.

Me gustan las croquetas que el humano me deja en una bandeja. No tengo que agacharme para comer y entonces las croquetas me caen bien.

Juego con un ratoncito de peluche y una pelotita. Mi momento preferido es cuando el humano me pasa el escobillón en el lomo. Ahora lo hace con un cepillo amarillo que me regalaron y que es solo para mí.

Cuando el humano llega de trabajar se da una ducha. Yo quiero entrar al baño, pero él cierra la puerta. Yo la araño un poquito, pero igual no me abre.

Eso sí: cuando sale me dice con una voz finita y musical:

—¡Maatsumii!

Después se prepara unos mates y nos sentamos juntos en el sillón. Él lo cubre con una funda porque yo lo uso de rascador y lo rompí un poquito… bueno, mucho. Pero todos los humanos que viven con un gato saben que eso pasa.

Algunos días viene a visitarme la hermana del humano, ella me dice Isita. Me trae un sobrecito. Me gusta, pero no lo demuestro mucho para que el humano con el que vivo no se ponga celoso.

Creo que está llegando.
Los dejo y voy a recibirlo. Espero que le guste el cascarudo verde que traje para él.

 

 



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