Nuestro rayito de sol.
Hola, soy Gina, una gata carey.
Cuando llega el verano, el sol entra al balcón y sobre la baulera que está en la ventana de la habitación.
Pero cuando llega el invierno, entra solamente un ratito por la ventana. Nosotras hemos adoptado nuestro rayo de sol, que está siempre que la humana está haciendo sus cosas en la mesa escritorio.
Como la mesa escritorio es grande, nosotras nos subimos, pasamos delante de su computadora, tiramos la cuchara de madera, afilamos nuestras uñas en el individual, tiramos unos cuadernitos y el mouse de la computadora.
Entre las cosas que hay en la mesa escritorio hay una lámpara que focaliza la luz como un rayo de sol. En algún momento del día yo me pongo ahí abajo. Me da calorcito, me ilumina y cada tanto paso mi cabeza por debajo de la lámpara, aunque no fui yo la que la tiró.
Tampoco fue Vera, ni Chuela. ¿Quién queda? Sí, fue la humana.
Estábamos las tres juntas, durmiendo una al lado de la otra, al lado de la estufa, calentitas, como pocas veces sucede. Entonces la humana se agachó para hacernos un mimito y, cuando se levantó, se chocó con la mesa escritorio.
Yo salí como un cohete, volando; la Chueli, atrás mío, y Vera, al sillón. ¿Y qué pasó? La lámpara, nuestro rayito de sol, quedó patas para arriba.
Suerte que a la humana no le pasó nada, aunque se frotaba la cabeza.
Parece que la humana no aprendió de nuestros movimientos silenciosos.
Le vamos a enseñar.



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