¡Uy! Gina dejó su huella.
Hola, soy Vera, una gata carey.
Ya tenemos listo nuestro balcón para el equinoccio de primavera. Es esa época del año en que el primer rayo de sol entra en nuestro balcón.
Lo tenemos listo porque la humana cambió los muebles de lugar en una jugada muy arriesgada. Puso las macetas sobre unos pies que, si nos subimos, no quiero pensar lo que puede suceder.
También hizo una limpieza a fondo. Yo fui muy valiente: mientras pasaba la aspiradora por la mesa donde yo estaba recostada, ni me inmuté. He pasado una gran prueba.
El balcón quedó más espacioso. Es que, cuando da el sol ahí, a la humana le gusta sentarse a hacer sus cosas, y a Gina, Chuelita y a mí nos encanta tirarnos al sol que entra por la ventana.
Algunas macetas… No, algunas no: solo dos macetas quedaron en el piso.
Suficiente para Gina.
Ella, muy enérgicamente, cuando el piso estaba hermoso de limpio, escarbó con todas sus fuerzas, pero la humana no se enteró porque estaba durmiendo.
Después de esta ardua actividad, las tres nos fuimos a dormir: yo, al lado de la humana, y Gina y Chuelita, sobre sus piernas.
La humana se despertó y nos dijo:
—Hola, picuchinas.
Mientras nos saluda, nos toca la cabeza.
Gina y Chuelita estaban durmiendo profundamente.
La humana se levantó a ver el rayo de sol, el primer rayo de sol después del invierno.
El piso estaba lleno de tierra.
Yo me fui rápido a la cocina.
Gina y Chuelita seguían durmiendo.
Aunque la humana pasó por la habitación a verlas, Chuelita levantó su cabeza de entre las sábanas, con cara de:
“La humana ya vio el desastre”.
Al rato, Gina levantó la cabeza, miró a la humana y le hizo ojitos.
Irresistible.
Gina, irresistible.
Por suerte, cuando entró el rayo de sol, ya no había tierra. No sé si la juntó la humana o si Gina, con sus patas, la volvió a meter en la maceta.
Lo que no había desaparecido era la huella de Gina.



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